No hay nada más doloroso que perder sabiendo que pudiste hacerlo mejor.
Una relación en la que no te atreviste a ser vulnerable.
Un cliente al que solo le diste la atención mínima necesaria.
Una condición crónica que pudiste evitar cuidando tu cuerpo.
Momentos que pudieron ser felices, pero estabas muy ocupado para estar presente.
Una idea que nunca probaste por miedo a fallar.
Es fácil mirar afuera y echarle la culpa a la economía, al comportamiento de los demás o al hecho de que "cada día tenemos menos tiempo". Pero, en el fondo, una parte de nosotros sabe que no estamos dando lo mejor. Y esa es una condena a una muerte lenta y dolorosa del alma.
Es una dosis mínima de veneno que empieza a acumularse en nuestro organismo, entorpeciéndonos y robando nuestra energía. Sin darnos cuenta, empieza a cambiar quiénes somos y cómo actuamos, haciéndonos creer que siempre hemos sido perezosos, que no somos el tipo de persona que dice lo que piensa, o que es mejor ser realistas y dejar de soñar. Nos volvemos amargados, frustrados con nosotros mismos y la vida, sin saber qué nos pasó.
Todos tenemos un área (o varias) de nuestras vidas en las que nos sentimos estancados, o peor aún, en decadencia. Estos son los lugares en los que dejamos de dar lo mejor de nosotros mismos.
Estancados pero seguros
Pereza, procrastinación, desmotivación, distancia, perfeccionismo. No son defectos de nuestra personalidad, son mecanismos de protección que hemos creado para proteger nuestro ego.
Solo queremos intentarlo cuando sabemos que vamos a ganar.
Porque darlo todo es aterrador. Es mostrarnos tal como somos. Significa que lo que estamos haciendo nos importa — y que cualquier fracaso o rechazo lo vamos a sentir hasta en los huesos. Nos aterra la posibilidad de no ser suficientes, de ser rechazados, de perder, a pesar de darlo todo.
Entonces damos el mínimo necesario. Indiferentes y estancados, pero seguros. Hasta que un día ya no podemos seguir bajando nuestros estándares y nos damos cuenta de que algo tiene que cambiar.
Porque no vinimos a este mundo a quedarnos en lo seguro, vinimos a descubrir de lo que somos capaces.
Mi propia mediocridad
Esto es algo que veo en todas partes, pero voy a hablar de mí.
Me di cuenta de que cuando no estoy dando lo mejor de mí, siempre le echo la culpa a algún factor externo.
En mi trabajo — ya sea clientes de coaching, mantenimientos, software o consultorías empresariales — hay clientes que invierten en sus proyectos, pero no ponen de su parte. No se preparan, no cumplen con los tiempos, o siguen repitiendo los mismos errores en vez de pedir ayuda. Cuando eso pasa, empiezo a ceder, bajo mis estándares y me conformo con lo suficiente para seguir adelante. No trabajo con la misma pasión y creatividad. Eventualmente me aburro o me frustro, dejo de disfrutar el trabajo por "la mediocridad de los demás".
Lo mismo me pasa en mi matrimonio. Cuando siento que mis esfuerzos no son reconocidos, dejo de reconocer los de mi esposa. Me alejo, soy menos atento, empiezo a dar lo mínimo para mantener una convivencia cordial. Como si nuestro amor fuera algo transaccional donde lo que doy depende de lo que recibo.
También me he alejado de Dios en momentos en los que las cosas se pusieron difíciles, a pesar de que "yo estaba haciendo todo bien". Perdiéndome en mi amargura por las injusticias de la vida, ignorando las lecciones y regalos de esos momentos.
La lista es infinita. Conversaciones difíciles que evito por orgullo, cosas que hago de mala gana porque siento que no me corresponden, dejar de crear porque no me gustan los resultados, no probar una idea que me gusta porque no quiero perder tiempo, etc.
Esa mediocridad que veía afuera solo me mostraba mi propia mediocridad.
Lo irónico es que no estoy privando a los demás de nada, el que se lo pierde soy yo. No me doy la oportunidad de conocer mi potencial, de conectar con mi mejor versión y expresarla, solo porque es difícil o incómodo.
¿Pero qué pasa si esa siempre fue la idea?
Que sea difícil. Encontrarme con personas que no aprecian mi valor, injusticias, resultados que no llegan en el momento que quiero. Un entrenamiento cósmico para expandir mis capacidades y encontrar mi sabiduría.
Para aprender a valorarme. A dar amor sin condiciones. Para confiar en mí y en la vida, una fe real que brilla más fuerte en los momentos más oscuros.
Cualquiera puede dar lo mejor cuando las condiciones son perfectas. El crecimiento está cuando lo hacemos en las peores condiciones.
En ese momento no hay dudas, solo la certeza de que lo dimos todo. Somos libres de arrepentimientos y juicios — finalmente experimentamos nuestra verdadera identidad, la libertad de ser.
Una pregunta difícil
Si estás leyendo esto, es porque te importa vivir mejor y disfrutar. Quiero que te tomes un momento y te preguntes:
¿En qué área de tu vida no estás dando lo mejor de ti? ¿A qué le estás echando la culpa?
Ese es el lugar donde has renunciado a tu poder, donde has pasado de ser el creador a solo un espectador.
Dar lo mejor de ti, independientemente de lo que pase afuera, es el hábito más importante que puedes desarrollar si quieres una vida plena.
|
|
¿Quieres un cambio?
Estás más cerca de lo que crees.
A veces, una conversación lo cambia todo.
Responde a este correo y agenda tu llamada de claridad gratuita 🙌🏽
|